lunes, 19 de mayo de 2008

SOBRE LA POLÉMICA ESCULTÓRICA



Desde hace dos semanas surgió una polémica en torno a las Hermandades Escultóricas México-Alemania, que produjo el efecto bola de nieve, en el cual los dimes y diretes se han acrecentado hasta provocar una avalancha de críticas, un aluvión de opiniones encontradas y contrarias entre sí.
Mucho se ha hablado sobre ello, pero a mi parecer sólo un par de personas se han centrado a dar sus puntos de vista en concreto y sin sesgos de índole ajena al arte. Y es que por lo que he leído en los últimos días en las páginas de este rotativo, tal parece que ya todo mundo se siente capacitado para juzgar las obras expuestas en el Paseo de Montejo y el Pasaje de la Revolución.
Mientras que toda la gente es plenamente libre de externar su opinión personal, no considero que debamos usar nuestro espacio en un medio de comunicación para emitir sentencias con carácter serio en cuanto al análisis crítico de las obras en cuestión. Lo anterior confunde a los lectores quienes en muchos casos toman en cuenta lo escrito aquí como provenientes de expertos en la materia.
Si bien cada uno de los colaboradores sin duda cuentan con credenciales que los avalan como personas con cierto bagaje cultural y experiencia en el medio, no por ello quiere decir que seamos “todólogos” y expertos en cualquier disciplina artística. Cada quien tiene sus fuertes y sus especialidades, por lo que sería ético y responsable ceñirnos al campo que nos atañe.
Sin decir nombres, he podido leer varias opiniones vertidas en torno a las esculturas e instalaciones, muchas de ellas carentes de cualquier fundamento teórico y que son meramente puntos de vista subjetivos. Además, en la mayoría he notado que se decantan hacia la problemática económica y presupuestal del MACAY y su director, por lo que han adquirido tintes políticos, olvidándose del tema central aquí, que es el arte y nada más que el arte en sí mismo.
Es un craso error juzgar las obras por el contexto que se vive en las artes plásticas en Yucatán y no por lo que constituyen como expresiones artísticas conceptuales en un afán de provocar reacciones y reflexiones en torno al medio ambiente y la contaminación en la que vivimos. Ya no se trata de que algo sea bonito o se vea bien, que agrade a la vista y nos resulte estéticamente placentero, sino del mundo de las ideas, de ese esfuerzo extra que requiere contemplar una obra y pensar en ella en términos diferentes a lo frívolo, a lo superficial de su aspecto que es lo que se puede constatar a primer golpe de vista.
Lo que para algunos viejos conservadores es una “pendejada”, “tonterías pretenciosas” y demás términos peyorativos, para los demás resulta algo digno de reflexión y análisis profundo, más allá de lo visual, en esa región que es el mundo de la abstracción en donde pululan las ideas, los conceptos, materia concerniente al intelecto.
Llama la atención que los jóvenes estudiantes de arte en Mérida que sí cuentan con las herramientas para evaluar una obra inscrita en determinada corriente o estilo hayan sido más receptivos y menos presurosos a emitir juicios a priori. Tal vez por ser aspirantes a artistas y estar en contacto cotidiano con las diversas formas de expresión artística contemporáneas.
Me uno a ellos, ya que en la mencionada exposición sí existen varias obras dignas de discusión y bastante rescatables; como en todo, no niego que haya otras menos valiosas o que se quedaron a medio camino en su intención de comunicar algo, de propiciar reacciones reflexivas. Pero eso pasa en todas las exposiciones colectivas; raro sería encontrar uniformidad en lo expuesto. En la diversidad yace la riqueza.
Si algo aprendí en Historia del Arte y de Jorge Cortés Ancona (quien a mi juicio de todos los colaboradores del Por Esto! es el único verdaderamente inmerso en estos menesteres) es precisamente esa amplitud de criterio. Lo que hoy nos parece una ridiculez mañana podría ser el rumbo que tome el arte en lo sucesivo.
Así mismo me lo expresó el crítico de arte Carlos Blas Galindo cuando lo entrevisté en una anterior visita a esta ciudad; al referirme al arte y las nuevas técnicas o tendencias y nuestra manera de aproximarnos a ellas esto fue lo que opinó: “Considero que tienen los mismos elementos para ser analizados de forma metodológica. Es decir, cuentan con sensibilidad, intención, tema, etc. Para ello, hay que acercarse con ojos nuevos y sin miedo para poder interpretar los lenguajes del presente, como la instalación, el performance, el ensamblaje, arte digital, etc. Precisamente porque son más recientes y porque es posible innovar en esos campos, más allá de los aportes que se puedan hacer mediante las técnicas tradicionales”.

Abril de 2008
Ricardo E. Tatto

LA IGNORANCIA COMO ESTANDARTE.




No es la primera vez que “Lo Nuestro” (para referirse a la cultura y sus manifestaciones artísticas) es usado para criticar negativamente una propuesta artística abstracta o conceptual. Políticos, críticos y hasta creadores recitan la frase y todo mundo baja la cabeza aceptando un dogma local que no tiene márgenes definidos.
¿A qué se refieren estas personas? ¿A la jarana actual con su origen español? ¿A la vaquería en las haciendas de los caciques? ¿Al henequén, símbolo de la riqueza de una clase social a costa de la esclavitud del pueblo maya? ¿A los flamboyanes y lluvias de oro? plantas exóticas, es decir, ajenas a los ecosistemas locales. ¿Esto es lo nuestro? ¿De esto debemos sentirnos orgullosos, cultivarlo y defenderlo como si se tratasen de valores inamovibles y aceptados como credos religiosos?
Basta salir a las comunidades rurales, caminar por los mercados, hablar con los políticos y sus planes de progreso, con los artistas en sus distintas disciplinas, con los que han migrado a la riviera, con los drogadictos, con los empresarios, con los extranjeros que residen en Yucatán, con los estudiantes, con los periodistas, para saber que “Lo Nuestro” no corresponde para nada a una sola realidad y lo que es peor, no es la imagen de un Yucatán tranquilo, de paz, de bonanza para todos, de desarrollo cultural contemporáneo (cuidado con el uso de esta palabra). Hay un cuento de Augusto Monterroso (El grillo maestro) donde un grillo viejo, director de una escuela alaba al maestro porque les enseña a las crías que no hay canto más bello que el de estos insectos y se burla de las aves que tienen la osadía de hacerlo con la garganta. Termina la historia con esta frase: “Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos”.

¿Cuántas veces los “críticos” locales de arte ante una obra que no entienden han esgrimido “Lo Nuestro” para justificar su ignorancia? ¿Cuántas veces nos han hecho el favor de hablar por la “mayoría del pueblo yucateco” para exigir que tal obra no representa Lo Nuestro? Habría en todo caso que hacer una crítica a la definición y revaloración de aquello que se defiende. ¿Hasta qué niveles puede parecerse la sociedad yucateca al cuento de Monterroso, cuando ante lo desconocido que resulta una obra se recita el Anatema: “Lo Nuestro”? Después de esto, quien se atreva a cuestionarlo puede ser acusado de campechano, chilango o intelectualoide, (como si el conocimiento fuera un pecado mortal que habría que esconder), calificativos que te ubican fuera del “pueblo común” que comparte un mismo valor y compromiso para la defensa de su ignorancia bajo el criterio obviamente de quien habla.

No será esta la última vez que suceda, habrán defensores de “Lo Nuestro” que ante la seguridad que da la inmovilidad, sienten una paz digna de un paisaje de las que tanto gustan a estos personajes: Albarradas, flamboyanes, chimeneas y haciendas henequeneras abandonadas, con pavos, perros y mestizas al frente. ¡Oh sí! Qué alivio se siente al ver una imagen que sí se entiende y que no invita a pensar en nada más que desear estar ahí, bajo el follaje del flamboyán, pero como patrón no como peón esclavizado de por vida a las fajinas.

Al igual que Rosel, espero que en las exposiciones futuras, dejemos de vernos la cara solamente los artistas y sus familias y que podamos contar con la presencia de los políticos, críticos y defensores de “Lo Nuestro”.
Celebro a la par del maestro Cortés Ancona y que muchos creadores jóvenes, al igual que muchos artistas de verdad y a la par de mucha gente que así lo ha manifestado (no necesariamente en un medio de difusión) que se haya podido realizar dicha muestra. Celebro también con alegría y emoción que el señor Góngora Paz hiciera su instalación y critique lo expuesto en el Paseo de Montejo. Celebro que por fin, después de muchos años de “Lo Nuestro” la basura del pueblo yucateco acomodada en el Glorioso Paseo de Montejo, haya logrado lo que ningún Castro Pacheco, lo que ningún García Ponce, lo que ningún Armando Manzanero ni ninguna otra manifestación artística ha logrado: Mantener una discusión sobre los valores del arte actual, la inclusión de los creadores locales en la industrial cultural institucional, que quedará incompleto si este momento no se usa para criticar y replantearse los elementos que integran “Lo Nuestro” que tan apasionadamente defendemos, pero lo que más me da gusto y festejo con alegría es que la obra (fuera de nacionalidades, materiales y costos) por fin cumplió el objetivo que el arte busca: Hacernos pensar y actuar.
“Lo Nuestro” no debe ser un escudo y un lastre para el conocimiento. La historia de Yucatán no será peor con un pueblo que se atreva a cuestionar y se abra al aprendizaje. Los diputados, políticos, críticos y defensores de “Lo Nuestro” deberían saber que la nueva generación de creadores ya no está pensando en albarradas ni haciendas como valores de identidad cultural, ya el concepto de “Lo Nuestro” ha roto con esa arcaica definición. El contraste de nuestro mapa de valores con lo que sucede al exterior de la frontera nos dará un punto de equilibrio para la renovación de los valores que son positivos y unificarán el sentir del pueblo yucateco. No se tratará tampoco de pasar del “grillo maestro” al “traje nuevo del Rey” donde todos alabemos (de nuevo sin criterio) cualquier adefesio que se nos quiera vender como arte. Ya para terminar quiero comentar que existen hoy día una gran cantidad de propuestas independientes, todas locales, ricas en simbolismos, lenguajes y técnicas, que ni están pidiendo permiso ni espacio porque ya es imposible detener el desarrollo humano que es consecuencia natural del conocimiento y que sin lugar a dudas tienen más similitud con las obras que ahora algunos “conocedores” critican de modo tan grosero y agresivo.

Abril de 2008
Karín Mijangos.